La muerte de tres niños calcinados al incendiarse la casucha donde dormían en una favela de Santiago, desgarra el alma y colma de vergüenza a una sociedad que no ha podido erradicar la pobreza extrema, por lo que tragedias como esa son frecuentes en hogares asentados sobre miseria e inequidad social.
Omayra, de cinco años; Carolina Omayri, de 4, y Oscar Junior, de 3, quienes residían en un traspatio del barrio Villa Liberación, no lograron escapar de las llamas porque su madre, Ramona Antonia Tejada, había cerrado la vivienda con candado para acudir a un centro educativo donde aprendía a leer y escribir.
El patrón del tipo de tragedia que hoy consterna a la sociedad dominicana ha sido siempre el mismo: padres o tutores que se ausentan del hogar y dejan encerrados a sus hijos, en medio de un apagón, por lo cual dejan alguna vela o velón encendido, lo que casi siempre es causa del siniestro y de la muerte atroz de niños.
Esta vez, una desconsolada madre afirma que dejó a sus vástagos dormidos en la casucha para poder acudir a la escuela a intentar alfabetizarse, en el interés de procurar un futuro menos difícil para su familia, sin saber que su morada se incendiaría y que sus tres hijos morirían calcinados.
En medio del inmenso dolor que causa tan terrible suceso, gobernantes y gobernados no deberían olvidar que esa es una historia triste y frecuente que tiene su origen en la más abyecta injusticia social, por lo que es preciso que unos y otros no pregunten más por quién doblan las campanas.
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