domingo, 1 de septiembre de 2013

Desgarrador

La muerte de tres niños calcinados al incendiarse la casucha donde dormían en una favela de Santiago, desgarra el alma y colma de vergüenza a una sociedad que no ha podido erradicar la pobreza extrema, por lo que  tragedias como esa son frecuentes en hogares asentados  sobre miseria e inequidad social.
Omayra, de cinco años; Carolina Omayri, de 4, y Oscar Junior, de 3, quienes residían en un traspatio del barrio Villa Liberación, no lograron escapar de las llamas porque su madre, Ramona Antonia Tejada, había cerrado la vivienda con candado para acudir a un centro educativo  donde  aprendía a leer y escribir.
El patrón del tipo de tragedia que hoy consterna a la sociedad dominicana ha sido siempre el mismo: padres o tutores que  se ausentan del hogar y dejan encerrados a sus hijos, en medio de un apagón, por lo cual dejan alguna vela o velón encendido, lo que casi siempre  es causa del  siniestro y de la muerte atroz de niños.
Esta vez, una  desconsolada madre afirma que  dejó a sus vástagos dormidos en la casucha para poder  acudir a la escuela a intentar alfabetizarse, en el interés de procurar un futuro menos difícil para su familia, sin saber que  su morada se incendiaría y que  sus tres hijos morirían calcinados.
En medio del  inmenso dolor que causa tan  terrible suceso, gobernantes y gobernados no deberían olvidar que  esa es una historia triste y frecuente que  tiene su origen  en la más abyecta injusticia social, por lo que  es preciso que unos y otros no pregunten más por quién doblan las campanas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario